La película de la noche

Mi sufrimiento más grande es la soledad de mi madre. Solía admirar la fortaleza que ella tenía cuando yo era niño. La conocí hace mucho tiempo: desde siempre. El recuerdo más remoto que tengo de su persona es su aroma al escuchar el canto de su voz llegar a mi conciencia por su regazo. Solía ser feliz. Solía sonreir mucho. Solía tomar café y fumar después del almuerzo. Solía ir a fiestas y a almorzar con los del trabajo. Solía cuidar un montón de la casa esquinera en la que crecimos todos. Era linda: majestuosa, segura, cálida.

Con el tiempo empezó a preocuparse. Ya el dinero no alcanzaba. Ya el tiempo no alcanzaba. Ya el amor no alcanzaba. La casa se vendió. Todo se acabó.

Había muerto parte de ella hace tiempo, una parte que había parido, pero -pensándolo bien- también muchas otras partes que había vivido, que había amado, que había disfrutado, que había fijado en su memoria como sustancia elemetal de sí. Parte de ella se había acabado.

Mi sufrimiento más grande es la soledad de mi madre. A penas fui un testigo de ese hundimiento que quisiésemos explicar. Mas como la vida, ¿quién podría dar razón de lo que fue, de lo que es y de lo que ha de ser? ¿Acaso transmundos de libros seculares?, ¿acaso lógicas de ciencias naturales?, ¿acaso escepticismos de vidas singulares? No me he atrevido a irme. Y quiero hacerlo. Lo he querido hacer desde siempre. Me duele ella. Habrá que mirarla: cansada, cada día más anciana, más preocupada, salvada a penas por su fe, fe que tiene más fuerza que mis sueños. No resisto la devastación, ni el sacrificio, ni la pretención de felicidad o el tiempo en su rostro. ¿Quién será más fuerte de los dos? ¿Quién se extinguirá primero?

Esta noche vimos otra película – una española. Me ha dicho que no conoce a Almodóvar y que ya ni tiempo dedica al cine, aunque le gusta. La otra noche fue una argentina, mi favorita. Y mañana será una cubana. Pero esta noche casi ni se concentró. Tenía la quijada apoyada en la mano.

“No… Esa es la maestra. Mírela bien: se parece a Flora Martínez. La de las grabaciones es otra”.

Mi sentido común me dice que soy demasiado duro con ella, que es normal que no capte la simbología de los eventos y personajes la primera vez, que se canse y asuma la actitud asociada a un lenguaje corporal de cansancio y hasta de fastidio. Pero mi verdadero yo, el que acaso es terco y el que todos tenemos por dentro pero que acallamos con las voces de la convencionalidad, me dice que ella puede, que ella es fuerte, que su mente es tan lúcida como la de cualquiera, que si ha sido capaz de vivir más de sesenta años de lloviznas, primaveras, chubascos y funerales, un director de cine no debería ser la gran cosa.

Pero los yo no necesariamente son lógicos como las ciencias naturales. Y quisiera pensar que así lo son. Y supongo que vivo convenciéndome continuamente de que así lo es.

“Mi sufrimiento más grande es su soledad, mamá. Usted me ha dicho que no tenga miedo de nada ni de nadie, que rece la comida antes de comer, que sea justo, que no desperdicie. Extraño la finca como no se imagina. Extraño la casa como no se imagina, pero no los lugares. ¿No puede dormir? Yo tampoco. Les tengo miedo a las pesadillas. Tengo hambre. Hay leche.”

Sep 30, 2015 3:09 AM

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