La Historia Súper Gay de los Juegos Olímpicos

La Historia Súper Gay de los Juegos Olímpicos

La Historia Súper Gay de los Juegos Olímpicos

Los que dicen que la lucha es un deporte gay claramente nunca han luchado desnudos en una tina caliente

Querido presidente Putin:

Usted ha preparado el terreno para un nuevo acontecimiento en los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi de este año: una lucha por los derechos LGBT. El mundo sintonizará su televisor para ver cómo acabará todo. ¿Será que ganará su uso cínico de las minorías sexuales como chivos expiatorios, señor Putin? ¿O será que los derechos humanos harán su entrada y abrirán de par en par su clóset de tamaño olímpico?

Odio ser el primero en decírselo, señor Putin, pero usted ha cometido un error al escoger el lugar de esta discusión, porque resulta que los Juegos Olímpicos son muy, muy gays.

Y no me refiero al patinaje artístico sobre hielo o al luge masculino de parejas. Me refiero a los famosos Juegos Olímpicos de la Grecia Antigua, ese punto álgido del mundo civilizado que prevaleció mil años y que era más gay de lo que usted se podría imaginar.

Señor Putin, ¿por qué no se sienta en las gradas? Así notará en seguida que la gran tradición olímpica le parecerá a usted, un tipo de esta época,… cómo decirlo… como una película porno de los setenta: los espectadores son todos hombres, y los atletas también, pero están totalmente desnudos y cubiertos en aceite. (De ahí un dato curioso: la palabra “gimnasio” se deriva de la palabra griega gymnos, que significa “desnudez”).

¿Cree que no hay nada de gay en eso? Pues sí, antiguo camarada, sabemos que a usted no le averguenza mostrarnos su torso desnudo a caballo (y no tan mal para un hétero de mediana edad, por cierto), pero los Juegos no eran un destello pícaro de pectorales de machos alfa; después de todo, los griegos pensaban que el atletismo era sexy.

¿Que cómo lo sabemos? Échele un vistazo a las pinturas de la cerámica griega: retratos de atletas que van desde majestuosas obras de arte hasta representacines mayormente eróticas. Y hay una en particular, la de un atleta joven con un entrenador mayor, en la que se pueden ver la esponja y el estrigilo en el fondo. El entrenador está… bueno, su toga está abierta y él está pujando como un verdadero campeón. De hecho, hay todo un género de vajillas griegas (cientos de piezas recuperadas) que se dedican a los retratos de atletas jóvenes cuyos amantes hombres probablemente les designaban con la palabra kalos, que significa “hermoso”.

La poesía en torno a los atletas olímpicos, por lo demás, se hizo decididamente más gay. En la oda olímpica de victoria a Hagesidamos, campeón de boxeo de los Juegos de 476 a.C., el autor compara la belleza del atleta con la de Ganímedes, amante de Zeus. Al término de la competencia, Teognis de Megara comentó: “Dichoso es el amante que, luego de estar en el gimnasio, regresa a casa para dormir todo el día con un hermoso jovencito”.

Muchos gimnasios entonces irguieron estatuas del dios Eros (ya saben, el dios clásico de lo sexy), el cual estaría de pie junto a otra figura: Hércules, el campeón de los atletas. Por cierto, el mismo Hércules era buenísimo en el amor hacia el mismo género. Plutarco en su Erótico dice: “Es difícil hacer una lista de los otros amantes de Hércules, pues se trata de muchos en número”. Uno de esos amantes, Iolas, incluso tuvo sus propios juegos en Tebas celebrados en su honor.

Sin embargo, señor Putin, seguramente usted estará irritadísimo en esa adorable forma autoritaria suya, quejándose con que las obras de arte no son mayor prueba. ¡Engaños y propaganda de los decadentes intelectuales! Pues bien, créalo o no, algunas palabras sí las dijeron los mismos atletas. Desde luego, no se trata de geniales obras en prosa porque los muchachos musculosos no se destacaron precisamente por su ingenio, pero sí se entregaron al tradicional arte del graffiti.

Ciertamente, el tiempo ha acabado con las construcciones en Olimpia, pero el estadio de Nemea tiene unos doce fragmentos que han sobrevivido. La mayoría son nombres, pero las pocas frases que hay son “Acrótato es hermoso” y “Busquen a Mosco en Filipos, es lindo”. Fuera de un gimnasio cerca del templo de Apolo de Tera, los atletas son menos tímidos: “Aquí Crimón penetró a Amosión”.

¿Sabe?, yo podría seguir horas y horas hablando de esto… Veamos, la lucha era también un aspecto muy interesante; ya se imaginará cómo eran esas sesiones. Un manual de entrenamiento describe una técnica en la que se alienta al luchador a “colocar un brazo alrededor del cuello del oponente y tomarlo de la entrepierna con el otro brazo”. Otra anécdota famosa habla de dos atletas que llevaron su combate a… a una conclusión poco sorprendente. Luego, uno de los padres de los muchachos interfiere y les anima a retomar sus labores.

Debería estar feliz, señor Putin, de que los Juegos Olímpicos no incluyan eventos como los de los juegos de Diocleciano. Se trataba de una competencia en Megara llevada a cabo en honor a un héroe de guerra que murió por proteger a su amante en el campo de batalla. Había eventos atléticos, sí, pero la ronda final se decidía por quien besara mejor. Y todos los participantes eran hombres, al igual que los jueces. ¿Se da cuenta a qué me refiero? El premio era una coloridísima guirnalda.

Ahora, señor Putin, debe reconocerse que el antiguo amor entre machos en Grecia no era precisamente lo que hoy llamaríamos “gay” por un número de razones: las parejas se conformaban exclusivamente entre un hombre mayor y otro joven, los roles sexuales estaban muy bien definidos, había una doctrina estricta y una conexión social importante en las relaciones de estos amantes, y no todas las parejas tenían necesariamente una meta sexual (¿pero quién podría resistirse a algo de acción de vez en cuando?). Además, ambos miembros de la relación finalmente encontraban una mujer para casarse, por lo que sus aventuras amorosas con otros hombres no duraban toda la vida — por supuesto, hay unas pocas excepciones.

Con todo, las parejas duraban lo suficiente, y sus vínculos dejaron un fuerte legado que permanece aun en nuestros días.

El amor entre miembros del mismo sexo dio pie a una de sus tradiciones: una poesía acerca del amor de los griegos por el cuerpo masculino. ¿Y por qué esta idea es importante? Porque en el cuerpo ellos descubrieron una fuente de poder, de dignidad y de potencial humanos, por lo que su ideal (no uno que giraba en torno a dioses o a la naturaleza, sino uno que apuntaba al modelo de hombre) se convirtió en el legado más valioso que pudieron transmitirle al pensamiento occidental. Junto con la chispa de la belleza indiscutible del hombre, los griegos también crearon destellos de democracia, de filosofía, de drama y de confianza para enfrentar a las fuerzas de la naturaleza con geometría y ciencias naturales.

Los Juegos Olímpicos, un evento tan importante que la Antigua Grecia decidió basar su medición del tiempo en él, significaron una oportunidad para adorar en un templo. Los eventos atléticos, que conformaban un calendario sagrado especial, se convirtieron en el destino máximo en donde podemos regocijarnos en nuestra excepcional belleza y gran potencial. Lo erótico, junto con el hecho de que unos hombres deseaban a otros, fue una parte inseparable de su legado.

Señor Putin, por supuesto que no espero que cambie de opinión. Después de todo, usted es un macho terco y duro, y la comunidad LGBT de Rusia puede que sea algo vulnerable, pero déjeme decirle algo: el comportamiento sexual entre hombres no destruyó de ninguna manera a Grecia, no les hizo menos nobles ni menos extraordinarios sus legados olímpicos y demás contribuciones. Y si el afecto homosexual hizo algo fue simplemente inspirar lo que el amor usualmente inspira: acciones tanto hermosas como valientes, y con ello dejó además arte que enriquece a la humanidad.

Así que no intente estropear los Juegos Olímpicos, señor presidente, porque son nuestra ocasión y nuestra fiesta. En nombre de los mil años de atletas y de los hombres que los adoraron, ¡que empiecen los Juegos!

Título Original: The Super Gay History of the Olympics
Publicado por: Jason Anthony, de El Huffington Post
Traducido por: Themonochromeman

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