sniffing around memories

Encontré uno de esos tontos relatos que escribiera de chico. Me aburrí en la segunda página. Hasta la letra ha cambiado con el tiempo… y es que nueve años son nueve años, y ya los vestidos de bodas y las mujeres sufridas se me antojan una mera estupidez. Sí, este soy yo. ¿Cómo habré podido haber pensado en ese puñado de humanos ajenos? Ya no son nada para mí. NADA. ¡Qué importa ya! Mientras unos se arrepienten de no haber usado un condón anoche, yo me debano los sesos tratando de comprender por qué escribí eso hace tantos años. ¡Soy un santo!, dijeron por ahí; ¡soy un lunático!, dijeron por allá; ¡soy un weirdo!, dijeron acullá.                                          Bueno, encontré otro entre el desorden. Hay muchos mensajes en lenguas lejanas; hasta yo me sorprendo. Más y más recuerdos. Uno que otro lo quisiera olvidar, claro, pero ahí están todos. Tinta, tinta, tinta y más tinta dibujando recuerdos.                         ¿Cómo habrá sido antes mi voz?, ¿acaso como fuera mi cuerpo a los dieciséis?: ¿cambió de color?, ¿es más fuerte?, ¿hay expresión?… Yo creo que simplemente me recuerda a mí mismo. ¡¿Para qué jugar a quotar otra gente de otros tiempos y espacios?! No es más que eso. Por eso es que hay que restaurarlo, porque el tiempo hace fisuras y otras locuras. Y la Providencia suele juguetear con él.                                          “Aquel rostro del borrachín que apretara mi mano no me causó desconfianza alguna. En su lugar, a penas pude disimilar la curiosidad (casi morbosa) por saber de quién se trataba. Me preguntó qué hacía, cuál era mi oficio. Pretendí jugar con él como los niños juegan en selva cerca a los ríos; yo jugaría en medio de la ciudad. (Símil fuera de contexto, o sea, ¿por qué selva y ríos? Además, ¿por qué niños? ¿Es pedofilia o qué? En fin…)                             No le di pista alguna de mi profesión, estudio o trabajo, en lo absoluto. ‘¿Qué cree usted que soy?, ¿a qué me dedico?’, respondí su pregunta con un cierto interés en la conversación que hacía cual astro refulgente a la hora del ocaso (WTF!!! Decididamente, el colmo de la falta de sentido y el melodrama).                                Su frecuente tuteo me despertó una cierta confianza hacia el sujeto. ‘¡Estudias!’ (Borracho tuteando, ¿qué es eso? ¿Será que él era gay y yo un idiota como para no darme cuenta?) ‘¿Por qué cree que estudio?’ ‘Porque… por tu cara, por tu maleta, por tus manos… Mira mis manos, están todas sucias (y vagamente recuerdo que lo estaban), llenas de pintura. Pinto carros’.                               Me interesó su profesión.                                       ‘Hago arte ruso’, continuó. ‘¿Arte ruso?, ¿qué es eso?’, continué yo. Me explicó y lo he olvidado.                                  Sonrió. ‘Eres muy inteligente’, continuó. ‘Estudias algo de la mente… Eres muy inteligente’.                               ‘¡Cuídate!’ y me dio una palmada en la espalda cuando me bajaba del bus.             Adiós hombre sonriente, y que la Providencia acompañe tu existencia y tus sueños”. Jajajajaja… ¡qué restauración! Pero, en serio, me pregunto por qué el viejo hizo lo que hizo. ¿Estará vivo?                             Esa corta nota me entretuvo, sí. Y sí, la letra ha cambiado con el tiempo. ¿Qué más habrá de cambiar?

Themonochromeman

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